jueves, 23 de junio de 2011

Alugas cosas sobre "la persona de izquierda" y "la persona de derecha"


Hace unos días leí en un diario que, si mal no recuerdo, en todas las épocas el trasgresor es y ha sido un enigma. Es decir, porqué alguien común y corriente se anima a cuestionar el orden establecido, aún conociendo las posibles represalias. Y la respuesta a ciencia exacta no existe, pero hay quienes sostienen que, generalmente, se trata de una marcada diferencia de lo aprendido de niño (lo que se nos ha enseñado de niño), y lo que finalmente se experimenta en la vida adulta. Y continuaba diciendo que eso nos pasa, en mayor o menor mediada, a todos y para resolverlo suelen estar los psicoanalistas.

Siempre digo, y lo recomiendo, que escribir lo que sea que a uno le ande dando vueltas en la cabeza hace muy bien. Es más, creo que esta práctica es una forma catártica de hacer terapia para mí. Caso contrario debería cambiar mi compu por un “chumbo” y al mejor estilo Michael Douglas en “Día de Furia” salir a las calles a imponer mi verdad. Para que el niño, prontamente hombre, advierta de una buena vez que la derecha y la izquierda ya no son solamente puntos extremos que condicionan una dirección. Es más que eso, una forma de pensar, una corriente filosófica de vida, ahora venida a flamante elección. Y cuanto antes suceda esto será mejor para él, o quizás no, sea esto mismo lo que haga despertar al león dormido que cada uno llevamos dentro.

Una vez dicho esto, aquí va mi catarsis terapéutica.

Acerca del pensamiento:

Es importante que comience hablando del origen del pensamiento del hombre de derecha. Porque aunque éste no lo sepa, el mismo radica en dos de los intelectuales que, según nos han dicho, hicieron de nuestro país un lugar mucho muy adelantado con respecto a nuestros vecinos.

El hombre de derecha, capaz de tonificar su cuerpo pero jamás su mente, exige orden. Lo que cree condición sine qua non para sobrevivir en un mundo que cree o prefiere creerlo justo. Donde sus iguales son personas con quienes debe competir para así tener que compartir lo menos posible.

El mundo es así, debe ser así, siempre ha sido así y por lo tanto debe continuar siendo así. Tal cual se lo dejaron sus padres y, por ende, inmodificable.

Estos son herederos del pensamiento europeizante de Sarmiento donde el primer mundo es ampliamente superior al tercero. Pensamiento que se nos intentó inculcar, muchas veces con éxito, por el máximo representante de la derecha en América Latina como lo fue Sarmiento, sobre todo en su obra cumbre “Facundo o civilización y barbarie”: donde la civilización, el adelanto, la cordura y el orden son cualidades pertenecientes a Europa; y la barbarie, el atraso, lo inestable, es Argentina. Entonces de apoco se nos fue nutriendo de una cultura para que pretendamos ser como Europa, se dejo de mirar a nuestros pares paraguayos, brasileros, peruanos, bolivianos para comenzar a maravillarnos con los ojos celestes de la cultura europea dominante. Bandera que muchos intelectuales enarbolaron, entre ellos Borges, con un poco más de eufemismo, pero exactamente la misma (lo siento borgeanos pero a mi también me duele y ya es hora de que nos quitemos las caretas).

Teníamos que ser colonia de las primeras potencias del mundo, ellos sabían lo que hacían, nosotros no. Éramos jóvenes e inmaduros como para ponernos al frente de nuestro propio futuro. Entonces, qué mejor que dejarle esta ardua tarea a las naciones imperialistas que se dedican a esto desde los siglos de los siglos. “Démosle la materia prima y ellos nos venderán el producto terminado”.

Hijos no reconocidos del pensamiento de Alberdi que pretendía poblar el territorio argentino, y para esto hizo famosa su tristemente celebre frase “gobernar es poblar”, pero no con cualquiera de las etnias, el poblar significaba hacerlo con ingleses, escoceses, noruegos, suecos. Pero para desazón de Alberdi los que llegaron al país no eran anglosajones ni eslavos, estos, como sabemos, fueron mayormente españoles e italianos de piel tan oscurecida como la mía que no sirvió para otra cosa que dejar a Alberdi en ridículo. Aunque tal vez no tanto, porque finalmente éste, primero, seguido de Sarmiento, luego hizo todo lo posible para que la cultura, el pensamiento y la educación que reine aquí fuese la que ellos querían. Es decir: se educó a personas de piel oscura con mente anglosajona, lo que permitió una gran falta de identidad nacional que hasta el día de hoy perdura. Cipayos mentales con la discriminación racial a flor de piel.

El hombre de izquierda, en cambio, busca anhelosamente la identidad nacional, golpea a las puertas y a los cerebros para poder ser escuchados, pretende a toda la región reunida en un solo grito de igualdad, aplaude a mano gastada la Unasur. Piensa por él y no por Sarmiento a quien rechaza profundamente por ser uno de los máximos enemigos que ha tenido el país. Si el precio de la civilización es el genocidio, pues entonces profesará la barbarie.

Este pensamiento, aunque parezca mentira, también abarca el fútbol:

El hombre de derecha es fanático de Messi, no solo porque el pibe la rompe, sino porque el lugar que elije para hacerlo es Europa. Argentina es un país atrasado y si aquí juega o no es circunstancial, lo importante es Europa y cómo nos haga quedar allí nuestro embajador que sin saberlo está siendo lo suficientemente civilizado que pretendía Sarmiento. Además, Messi no se equivoca y, por sobre todo, obedece. ¡Si papá Blatter!, ¡Como usted diga papá Blatter!

En cambio, y como seguramente ya lo supondrán, el hombre de izquierda se reconoce en Maradona, con todos sus defectos, con todos sus vicios, “con toda su barbarie”. A pesar que ya no juegue, el Bárbaro Diego aparece con algunas de sus tantas vicisitudes, para recordarnos cuán equivocado estaba Sarmiento al querer imponernos idiosincrasias ajenas. El mejor jugador del mundo de todos los tiempos del deporte mas popular del mundo se retira: llena un estadio completo y a sus fieles; niños y grandes, hombres y mujeres, les está por resumir su vida en una extraordinaria, pura y espontánea frase “Yo me equivoque y pagué, pero la pelota no se mancha”

En fin: todo está en su lugar, el bárbaro en argentina y el civilizado en Europa.

Acerca de la felicidad:

La felicidad es una palabra que desde que el tiempo es tiempo existen personas que no logran definirla acabadamente. Obviamente también desconozco dicha definición. Pero sí me animo a interpretar algunos matices que hacen a la misma.

Por ejemplo, para el hombre de derecha la felicidad consiste en un proyecto que no incluye a la sociedad, esta es únicamente individual; otras, abarca un reducido circulo de personas muy allegadas a éste. Pero el resto de la sociedad continua siendo ignorada. El dinero y los valores materiales juegan un rol predominante donde el estado de ánimo es directamente proporcional a este. Dejando excluido junto con la sociedad, a los valores espirituales; y que justamente serán recogidos por el hombre de izquierda que sostiene firmemente que la felicidad individual no existe sino es colectiva. Es decir: no puede ser feliz si su prójimo no lo es. Y por ende ya no desea ser absolutamente feliz en un mundo injusto. Está bien afligirse, esta bien tener momentos de infelicidad, está bien pensar en las desdichas de los demás, porque este hombre ha desarrollado una filosa sensibilidad social que ya no lo dejará ser feliz. No al menos la forma tradicional de felicidad. Muchas veces sus pensamientos acerca de la realidad lo atormentan al punto tal de querer modificarla, y son esos pequeños intentos lo que comienzan a llenarlo de vida. A diferencia del burgués ya no desea el mundo que sus padres le dejaron, lo cuestiona, quiere algo mejor. “Quiere algo más justo”.

Acerca de la seguridad:

El hombre de derecha, como anteriormente lo mencione, posee bienes que lícita o ilícitamente ha adquirido. Allí toma conciencia de que existen quienes no poseen bienes y por lo tanto se siente vulnerable. En ese momento comienza sus eternas plegarias al estado pidiendo, a veces, exigiendo, otras, seguridad.

Su dinero le sirve para “casi” todo: la mejor educación cipaya, la mejor obra social, la mejor casa, el mejor barrio y otras cosas más. Pero la seguridad no la puede comprar con dinero, entonces, comienza a exigir mediante diarios, radios y TV por la famosa “pena de muerte”. Dirá cuando se le pregunte: ¡Yo te quiero ver a vos, si te matan un hijo si no vas a estar a favor de la pena de muerte! Porque esa es su paupérrima teoría justificativa para tremendo sadismo como lo es la pena capital. Hombre civilizado que ante la inseguridad acude a la barbarie y he aquí “una gran contradicción en su forma de pensar”.

Este hombre inmediatamente toma el problema como algo personal, lo hace suyo, su pensamiento ya no es más objetivo, ahora es subjetivo, se trata de “su” hijo, de “sus” bienes. Cuando el problema es la falta de educación a este ni siquiera le interesará, porque “su” hijo va a una escuela privada.

En cambio para el hombre de izquierda, la seguridad es algo que vendrá única y solamente cuando la distribución de la riqueza sea más justa. Intenta radicalizar el problema. La seguridad es una consecuencia de otros temas mucho más trascendentales. “El niño llora”, y entonces se pregunta, “pero porqué llora el niño”, tan simple como eso.

El hombre de izquierda tendrá siempre una sola intensión, que de seguro puede ser cuestionada la forma que emplea para llevarla a cabo, pero va a ser una sola y desde el vamos está bien clara: un mundo más justo.

El hombre de derecha, en cambio, tendrá una segunda intensión que siempre la esconderá detrás de la que él dice ser la única, como por ejemplo: el glifozato en los campos es necesario porque ha sido el gobierno el que ha empujado a que cada vez se tenga que sembrar más soja, para de esa forma “poder sobrevivir”.

Acerca del arte:

El hombre de derecha es “a veces” consumidor de arte, cuanto más caro el arte, mejor. Si sabe o está en condiciones culturales para apreciarlo, no lo sabemos pero sí hay un factor común en todos ellos en cuanto al arte, y esto es que son incapaces de realizarlo. Esto más bien le corresponde al hombre de izquierda, porque éste es el que ha leído, es el que ha sabido ver el mundo, conoce el hambre, ha sido perseguido, ha sido muerto una y mil veces y es el arte lo que lo ha resucitado. El arte lo mantiene vivo, no el dinero, el arte. Aparte, no nos olvidemos que la sensibilidad, atributo esencial para el arte, le corresponde únicamente al hombre de izquierda.

La sensibilidad en el hombre de derecha, si existe, es determinada por la iglesia y la perorata que tenga ésta acerca de ser un buen cristiano. Para el hombre de derecha ayudar al prójimo le corresponde únicamente a la iglesia y a las instituciones u organismos que de ésta dependan, pues entonces si quieren ayudar lo harán desde la iglesia. Para ellos, todo aquel que lo haga por fuera de la misma y sus instituciones merecerá un pensamiento reservado, cauto, desconfiado.

Por último, y porque no me quiero extender, ya que la idea es que se lea: en cuanto a los medios de comunicación, el hombre de izquierda no puede evitar preguntarse qué sucedería si a las urbes el único diario que llegase sea escrito desde y por las villas, asentamientos o barrios carenciados. Es decir: qué sucedería si todas las personas del país que aún no ha tomado conciencia de su dicha, lo hiciesen. Pudiesen ver, leer o escuchar cuales son las noticias de esos sectores. Que un niño de 8 años pueda contar “sus noticias” y al fin ser escuchado y no tapado por cínicos políticos, contar cómo con tan solo 8 años lo violaron a una cuadra de su casa, cómo la violencia es la única forma que ven para solucionar los problemas, cómo la iglesia que opera en sus calles es la primera en señalarlos y discriminarlos, cómo un niño tan niño puede llegar a convertirse en adulto en un trís de tiempo mientras los diarios escritos por y para las clases medias y altas se quejan de los impuestos que paga el campo.

Probablemente, como otras veces, se me acuse de generalizar, entonces para ellos escribo esto: cuando realizamos algún tipo de análisis sociológico probablemente se tenga que generalizar, porque estamos hablando de la sociedad en general y no de casos en particular. Por otro lado, si esto los aterroriza tanto es cuestión de no sentirse incluido y listo. Porque, finalmente, pertenecer o no a una generalidad depende de cada uno de nosotros. ¿Cómo andamos de conciencia mis estimados?

Facundo Riera

lunes, 30 de mayo de 2011

Un sueño


Yo los había visto hacer triturar ilegalmente sus viejas carcasas robadas. Los había oído despilfarrar billetes manoseados, por sus industriales bocas pulcras. Y había compartido un caminar con sus estáticos cuerpos ridiculizados.

En vidrieras de exposición a la venta, sin precio, remataban sus pieles rígidas como la cera a los pobres indefensos desalmados; y en trueques lastimosos, pidiendo a cambio algo de ovación, se deshacían de aquello que no les convenía en el camino a ser reconocidos por un hipócrita con más suerte: ¡sus propios ideales!

En la ruta masiva que conducía a obtener un papel con sello en el que algún mediocre le pusiera titulo a quienes eran, estaba señalizado el rumbo a la perfección, con deslumbrantes gigantografías en las que brillaban los lideres del rebaño mostrando unas plásticas muecas a las que habían puesto el nombre de sonrisa...y sintiéndose pequeños frente a ellos, los sentí resignarse a sus instintos para ser fieles devotos de una imagen popular.

Poco a poco comencé a preguntarme por qué nadie optaba por los polvorientos, oscuros y no señalizados senderos que se desviaban de aquella ruta comunal. Decidido a acercarme a uno de esos, me salí del rebaño y fui apedreado, escupido e insultado. Después de un largo rato de vagar por varias entradas oscuras, leyendo avisos en sus entradas (PELIGRO: SOLEDAD; PELIGRO: EXCLUSION; PELIGRO: MUERTE), ignorando a mis demonios del terror, me decidí a adentrarme en ese sendero que yo mismo había elegido, que era más angosto y menos cómodo, más largo y menos transitado; y desafié aquellos monólogos colectivos que explicaban la correcta fórmula a la infeliz felicidad.

Recuerdo haber despertado en ese mismo instante, y como el residuo de una pesadilla pasaron fugazmente por mi memoria aquellas almas perdidas que trituraban sus viejas carcasas, despilfarrando billetes manoseados por sus bocas; con sus cuerpos ridiculizados de cera expuestos a la venta; pisoteando sus ideales para conseguir la ovación de un líder vacío; aceptando un título en el que alguien que no los conocía los definía sin razón; adorando las plásticas figuras de emociones falsas; agachando sus cabezas frente a la cruel mentira de que ninguno estaba programado para grandes desafíos; caminando inmóviles muertos en vida.

Y en esa nueva realidad en la que había despertado, vi que no éramos pocos quienes sosteníamos nuestras propias fantasías de quienes éramos y qué debíamos hacer con eso; y las frentes en alto y miradas encontradas, respetando la existencia de un otro semejante, me hicieron recordar esos falsos carteles que mentían diciendo que por nuestro propio camino, con nuestras propias decisiones libres y fugaces, levantado cada uno su propio ideal, nos quedaríamos solos, muertos y excluidos.

Y la felicidad, se vuelve así algo tan abarcativo y personal que no puede acorralarse en una definición fundamentalista de buen aroma y mal sabor.


Czarina Fagiano

martes, 17 de mayo de 2011

El punto de partida



Nací junto a la democracia y con el fin de la nefasta guerra de Malvinas, soy de esa generación que nació escuchando el reclamo de un cambio, cambio que hoy seguimos pidiendo y buscando.

Este es el punto de partida. El punto desde donde empiezo a escribir, reflexionando sobre la posibilidad de formar parte real de ese cambio. Siempre escucho hablar de personas que dicen querer y trabajar en la búsqueda de ello. Yo me pregunto si todas esas personas que tanta bandera hacen de dicho cambio y de cuáles son las maneras de llevarlo adelante, alguna vez pensaron realmente en poder lograrlo. Me lo pregunto porque muchas de esas caras son las mismas de siempre, las que sólo buscan mantener esa bandera intentado mantener su estilo de vida. Nací en una época en la que “el cambio” se empezó a gestar, pero crecí y ese cambio nunca terminó de concretarse, en el medio pasamos por mil y unas recetas para lograrlo, pero nunca se termina de dar, nunca termina de formularse el método para implementarlo.

Ahora bien, tendríamos que ver qué tan capaces somos de afrontar tamaña empresa. ¿Realmente estamos dispuestos a cambiar? ¿Cuando decimos que pensamos en el otro, lo hacemos? ¿Somos realmente capaces?... esas preguntas siempre me dan vuelta en la cabeza. Escucho hablar a la gente y siempre con palabras tan coloridas, tan llenas de esperanzas, de buenas intenciones, pero siempre son eso: Sólo palabras bonitas.

Si ese mundo que soñamos, ese mundo inclusivo y no exclusivo, es tanto más lindo y satisfactorio, ¿porqué siempre muere en un sueño? un sueño de unos pocos “Locos” que buscan ganarle a las tan conocidas y desgastadas artimañas del sistema en el que vivimos, ¿será qué realmente es imposible de ganarle? Tanta sangre derramada en un bando y el otro, guerras que no gana nadie o que simplemente perdemos todos, países desgarrados, nenes con hambre, madres llorando a sus difuntos maridos, hijos, hermanos…¿a donde apuntamos realmente con todo esto?.

Un Amigo me dijo, Ruso: el planeta tiene todo el tiempo del mundo ¡nosotros no! Es ahora o nunca…así de determinante, así de fugas es nuestro paso por este tan bondadoso planeta que nos hizo tan inteligentes a la hora de exprimirlo pero tan incapaces a la hora de pensar en el “para todos, todo”. Algo tan sencillo, ese todo no radica en palacios, fortunas ni lujos, simplemente habla de que todos tengamos las mismas posibilidades, que no existan personas de descarte, personas que no son productivamente sustentables y por ende son números en rojo…si rojo es el color de la sangre (por lo menos de la mía), tendría que ser el color de la vida y no el de la muerte. Cuando miro para atrás veo un montón de personas que buscaron realmente poder llevar adelante ese cambio tan necesario y buscado. Ellos, los otros locos como yo, empezaron a marcar el camino para ese cambio del que estoy totalmente convencido que nos toca formar parte activa, si ellos hicieron tanto con tan pocos recursos, con tanta propaganda en su contra, si hoy todas las voces reclaman algo más humano, reclamando que el “ser” humano nos llegue a todos y no a unos pocos agraciados que se amparan en esta forma de vida para poder mantener su ¡nivel de pudiencia!... a costillas de tantos miles y miles que dejan su vida en el yugo para poder hacer de su paso por el planeta un poco más placentero. Pienso y me voy por las ramas, son tantas las cosas que no entiendo, son tantas las cosas que me hacen pensar y pensar en que no podemos estar errándole tanto, pero tanto.

Vivo en una hermosa ciudad en la que las personas pasean por las calles haciendo alarde de su buena posición social, de sus tan fructíferas empresas (el tan golpeado campo, que ya no sabe ni donde ni como guardar tantos billetes), sus lindos bmw, audi's y las infaltables ¡chatas!, éstas, obviamente tiene muy poco que ver con lo que mi abuelo señalaba como tales. Y bien, muchos pueden tomar este punto de vista como el de un resentido porque es la primera ventana que les queda a los que se sienten incómodos con esta realidad, pero si todos estos salieran tan solo 15 cuadras del iluminado centro y se tomaran el trabajo por primera vez en sus vidas de aceptar la cruel realidad que se vive en una ciudad de casi 100 mil habitantes nada más, (no estamos hablando de una gran aglomeración), y fijaran sus ojos en un nene que anda descalzo, con frío y hambre, me pregunto: ¿mantendrían esa postura de que son vagos y de que lo único que les interesa es el Plan que el oficialismo les da? Digo: es hermoso ver la costanera tan bonita, pero ¿no seria mucho más provechoso y hermoso ver que todos los gurises tengan la posibilidad de tener la infancia que se merecen? ¡No sentirían un poco, al menos, la culpa de que sus lujos sean los culpables de semejante crimen de lesa humanidad como es robarle la posibilidad, a un nene, de soñar!

Si no somos capaces de devolver la capacidad de soñar a un pibe no podemos hablar de un cambio, es tan simple como eso, tantas palabras que se lleva el viento, tantos luchadores que se llevo el viento, tantas ilusiones. Hablar de cambiar las cosas no puede ser entendido solamente por el hecho de que no se vean más personas con necesidades básicas, el cambiar las cosas esta en devolver la dignidad robada, en devolver lo que nos adueñamos sin permiso, en tomar como ejemplo tanta sangre derramada, tantos recursos mal gastados en bandera de una causa que no es nuestra, sino de 5 tipos que se hacen incalculablemente ricos riéndose de nosotros. Ellos se ríen de nosotros y nosotros los miramos con admiración, queriendo imitar su ejemplo, ese ejemplo que puso al mundo en el lugar en el que se encuentra: en el que sea todo para unos pocos y nada para muchos, y es ahí donde me vuelve a dar vueltas en la cabeza las palabras de ese amigo mío, si es tan simple como eso, si nuestra vida es tan efímera como el recuerdo que podamos marcar a fuego en la conciencia de nuestros seres queridos ¿no es hora de que realmente tomemos conciencia y entendamos que por mucho que hablemos si no acompañamos la palabra con la acción no somos más que otro puñado de falsos intelectuales? El cambio realmente radica en nosotros, la cuestión está en ver qué tan capaces somos de llevarlo adelante, pequeñas acciones hacen a grandes causas.


Alberto Massart

sábado, 30 de abril de 2011

Efemérides del 1 de Mayo



Gualeguaychú, nuestro Chicago

En esta oportunidad me gustaría contar dos breves historias y, cómo estas, de alguna manera se relacionan: la primera, seguramente muy conocida por todos; la segunda no tanto, pero no por esto menos relevante.

El 1 de Mayo de 1886 los trabajadores norteamericanos se lanzan a la epopeya conquista de la jornada laboral de 8 horas, en las que hoy muchos nos amparamos. Aunque aún queden muchos otros que, lamentablemente, no lo han logrado. Es que hasta ese momento llegaban a trabajar inclusive 16 horas diarias. Lejos, muy lejos de las 8 horas destinadas al trabajo, 8 al sueño y 8 para recreación personal recomendado por la organización mundial del sentido común. Pero como eran tiempos de bala fácil y reclusiones constantes a encargo de los sectores patronales, primeramente deberían morir algunos “malos” ejemplos.

El proletariado yanqui venía reclamándolo desde la década de 1860, hartamente cansados de ser explotados del crepúsculo al ocaso para seguir siendo igual de pobres al final de cada día, igual de desamparados.

Se encontraban literalmente solos, eran ellos y nadie más que ellos la fuerza ejecutora para tamaña empresa, el último bastión para la reivindicación laboral más justa que hoy gozamos.

Entonces esto que había comenzado el 1 de Mayo en Chicago se extendió hasta encontrar su punto más crítico el día 3 de Mayo. La huelga transcurría pacíficamente, como sus líderes lo habían pactado, cuando llega la policía para desbaratarlos, disparan hacia los insolentes, ocasionando la muerte de uno de ellos e hiriendo a otros.

Esos trabajadores acababan de ser marcados a fuego. No había marcha atrás, ahora comenzarían a tutearse con la muerte, pero como la recompensa era tanto justa, eso de morir era sólo un consecuente detalle.

Al día siguiente de la muerte, los trabajadores, lejos de mermar en su lucha, deciden ir a por todo. Protestan por la masacre de su compañero. Una vez más la policía hace su entrada triunfal al lugar, apresa a los lideres de la proclama, más tarde reconocidos por la historia como “Los Mártires de Chicago”, quienes 6 meses después (Noviembre de 1886) son embusteramente enjuiciados por arrojar una bomba en una de dichas protestas que desemboca en la muerte de un oficial de policía. Los mártires son 8: Adolph Fisher, Augusto Spies, Albert Parsons, George Engel, Louis Lingg, Michael Schwab, Samuel Fielden y Oscar Neebe. Para sorpresa de nadie fueron encontrados culpables: 5 serán condenados a la horca, de los cuales uno decide suicidarse en la cárcel, otros dos a reclusión perpetua y por último, un dichoso a 15 años de prisión. La condena tenía que ser ejemplar para futuros reclamos. Es que uno nunca sabe, vio.

Es por esto que cada 1 de mayo los trabajadores, a sabiendas o no, recordamos sin recordar la masacre de estos imbatibles militantes que lucharon por nuestros derechos. Que lo hicieron nada más ni nada menos que en el único país que hoy no los recuerda, que además mantiene e indaga por políticas antisindicales. Justamente el país que se jacta de su bendita democracia, déspotamente han declarado el primer Lunes de Septiembre como el Labor Day y no el 1 de Mayo como el día de los trabajadores (muertos al luchar).

Pero así como Estados Unidos tiene su trágico 1 de Mayo, también lo tenemos los argentinos, donde la ciudad de Gualeguaychú sería el escenario para nuestro parangón. Nuestro Chicago.

Exactamente 35 años después, el 1 de Mayo de 1921, en la plaza Independencia (actualmente plaza San Martín) de dicha ciudad, miles de trabajadores rurales y obreros no tienen mucho para festejar en su día, pero si mucho por exigir. Las deplorables condiciones de trabajo en las que se encuentran los arrojan a la plaza principal de la ciudad para tratar de que sus plegarias sean escuchadas por sus patrones. Éstos, de sorderas pronunciadas y cegueras inminentes sostienen la firme convicción que la explotación del hombre por el hombre es sin lugar a duda el modelo económico para el crecimiento del país, o al menos de sus bolsillos.

La ciudad se encontraba, claramente, dividida en dos. Ese mismo día, en la misma ciudad, durante las mismas horas, la oligarquía terrateniente, festejaba el día del trabajador en las zonas aledañas al puerto, algo así como un contra acto por el día del trabajador pero sin ellos, ya que estos últimos lo hacían a unas aproximadas veinte cuadras de allí.

Luego de haber dejado aclarado cuestiones de espacio y tiempo, me parece oportuno y justo hacerlo con algunas circunstancias políticas en la que se encontraba el país. Digo esto para tratar de entender mejor este suceso y poder dificultar la rápida desmemoria.

En la argentina de los años 20 (donde el marxismo contrabandeado a América por los inmigrantes europeos es una filosa navaja atentando ya no sólo contra las monarquías, el vaticano y los zares) queda solemnemente inaugurada la “Liga Patriótica Argentina”, una agrupación ultra fascista que amontona a la derecha más recalcitrante del país. Apadrinada por políticos, el ejército, la iglesia y, por supuesto, acaudillada por los hijos de la flor y nata de la comunidad. Cuyo brazo ejecutor lo conforman clandestinos grupos de tareas que salen deliberadamente a las calles a hacer justicia por mano propia, centrando como blanco de su accionar a los trabajadores, entonces llamados anarquistas. Esta liga embanderada de celeste y blanco y emborrachada de testosterona la preside un ultraderechista Manuel Carlés, reconocido entre sus pares por sus formas en los dimes y diretes. De un exquisito prontuario al servicio de la siempre frac-queada sociedad. Este siniestro personaje tiene sus satélites en todo el territorio argentino y por supuesto que Gualeguaychú no sería la excepción. Aquí esperaban, gustosamente, su arribo mientras desfilaban gauchos comandados por los hacendados, colegios religiosos de la ciudad y la mismísima juventud de la liga patriótica.

Una vez finalizada la procesión, encolerizados y respaldados por la seguridad que hace a las turbas deciden trasladarse hacia la plaza Independencia, donde se encontraban los obreros haciendo sus pacíficos reclamos. Envisten en la plaza acaudillados por un conocido terrateniente del lugar, Francisco Morrogh Bernard (digo conocido porque aún hoy su nombre es homenajeado por una de las calles de la ciudad), quien sin dudarlo se pone a la cabeza de la masacre que allí se produciría. Los trabajadores son franqueados hasta que comienzan los disparos donde 4 personas mueren de forma inmediata, 35 son heridos y de los cuales 13 morirían en los días siguientes. Los trabajadores intentan resistir como pueden, pero las piedras y los palos nada pueden hacer frente los sofisticados fusiles para-policiales. Manuel Carlés no vacila en llamar a este día como “Gloriosa Clarinada”. Nosotros lo llamaremos y debemos recordarlo como lo que fue: La masacre de Gualeguaychú.

Estos son algunos datos que han sido proporcionados por Ateo Jordan, hijo de uno de los sobrevivientes de aquella fatídica tarde, quien en cuyo nombre, justamente, hay una huella imborrable de aquel episodio: su padre decide llamarlo Ateo, al recordar que los primeros disparos que en ese día se dieron provenían de las torres de la iglesia Catedral ubicada frente a la plaza. Lo que sirve para evidenciar, una vez más, la gruesa mentira de que la iglesia no mantiene relaciones carnales.

Pero amén de este mal trago, quiero recordar los nombres de al menos, los cuatros dirigentes muertos aquel, hoy no tan, lejano día: Lorenzo Timón, Pedro Villareal, Ángel Silva y Celoño Iglesias son sólo algunos de nuestros merecidísimos mártires.

“En conmemoración a los 90 años de la masacre de Gualeguaychú. En homenaje a todos los trabajadores del mundo, pero por sobre todo, a aquellos que aún hoy, sus derechos continúan siendo negados”.

Facundo Riera

viernes, 15 de abril de 2011

"Apraxia"


Se le caía el pantalón, andaba en silla de ruedas y detenía el ascensor al decir que por las escaleras iba a bajar con su andador.

Pero, al parecer no había tiempo porque el único tiempo es el de entrar y salir del ascensor una y otra vez. Y si me descuido ni siquiera hay tiempo para tocar el botón del piso al que vamos porque alguien te ganó de mano y te llamó. Y si me descuido tampoco hay tiempo para abrir y cerrar la puerta porque el ascensor ya lo hace por vos.

Entonces, ¿cómo no pensar que la silla de ruedas termine siendo el hospitalismo de este hombre, si al parecer, todo está dado para que así sea? Pero, ¿por qué no hacer que las cosas dejen de estar dadas frente al grito de un hombre que sólo quiere sentir como sus pies rozan el suelo de las escaleras? ¿Será que no hay tiempo? ¿O será que no nos bancamos el impass del mismo?

Y ahí me encontraba yo pensando estas líneas cuando era la tercera en discordia en la situación de una mengana, por no decir ortodoxa del discurso médico, que le decía a su supuesto paciente que se apurara al bajar las escaleras.

Ella le hacía de bastón, pero a la vez él tenía su andador. Ella lo arrastraba, él tiraba. Ella iba tres escalones adelante, él iba tres escalones atrás. Y ella le dice: Ay, este ascensor que nunca anda, no puede ser, no podemos estar perdiendo el tiempo todos los miércoles así. ¿Te podes apurar? Vamos, vamos”. Y él con su estilo dandy le dice: “pero, si hay tiempo”. “No, no hay tiempo”-exclama ella.

Él le vuelve a decir “pero, si hay tiempo”; a lo que a la vez agrega: “mira querida, en el hospital todos los días son iguales, lentos, vacíos, lo que sobra es el tiempo”.

En ese momento, sentí un nosotros porque dijo aquello que yo pensaba y no podía decir. Pero, ¿por qué no podía decir? ¿Por el trato subordinado? ¿Por qué no podía desobedecer a quien me mandaba?

No importa, bah si importa, pero no importa porque alguien lo dijo. Él lo dijo, lo dijimos, lo gritamos.

Las cosas parecían complejas, pero no lo eran. Las cosas eran simples, el tiempo era simple.

Pareciera que uno quiere ganarle constantemente al tiempo. No hay tiempo en nuestra práctica para que alguien nos detenga en el pasillo del hospital, para que alguien delire, para no tomar una medicación, para hablar con otros en vez de que todo quede en un historial clínico, para sentarnos a pensar nuestras prácticas con otros, y mucho menos hablar de accionar en lo paulatino.

Nos creemos héroes al competir con las agujas y al decirles a ellas que no importa cuán rápido se muevan, nosotros nos movemos más rápido porque podemos más, porque hacemos más cosas, porque nos medicamos contra el tiempo del no tiempo. Eso es que nada pase, eso es el encierro, ese es el verdadero encierro.

El del interno en el hospital también es encierro, es real, se piensa real, se siente real. Los muros caminan hacia ellos arrinconándolos.

Pero, nosotros…nosotros ni siquiera estamos arrinconados, ya no estamos porque aniquilamos nuestra posibilidad de ser al inventar lógicas de encierro. Que a los que primero encierra es a nosotros en nuestro discurso médico y no nos podemos dar cuenta. Caemos una y otra vez al ir tres escalones adelantados y él todavía no está aniquilado porque puede decir que “hay tiempo”; porque elige detenerse en el poder ser.

Nosotros que vamos contra el delirio, resulta ser que el delirio es lo que nos permite decir. ¡Y no!, discúlpenme los profesionales de la salud, que cargan su guardapolvo blanco con orgullo de hecho y derecho, al decirles que en el delirio también hay deseo.

No es cuánto hacemos y corremos lo que vence, mata al tiempo. Lo único que puede contra el tiempo es el deseo y el deseo se cuela ahí donde el delirio tiene espacio para ser y para decir y tiene tiempo porque el deseo nunca muere en su constante empujón de apertura.

El deseo desea delirar. El delirio desea deseo.

El deseo desea bajar la escalera. El delirio desea deseo de bajar la escalera.

El deseo inventa tiempo para el tiempo. El tiempo inventa tiempo para el deseo.

Ah, y de hecho, ¿por qué matar el tiempo? Si abarcar mucho para matar el tiempo y encima, luego poco apretar, entonces, no sé cómo seguir hablando de nuestras prácticas. Bah!, no es que no sé, sino que no puedo saber porque alguien ya decidió por mí que debía ser prohibida de ser.

Y que el ascensor iba a cerrar por mí las puertas, y que alguien iba a presionar el botón del ascensor, y que iba a estar en silla de ruedas, y que no tenía tiem….no lo mencionemos a ver si nos hace algo.

Ah, pero…bueno será otro día porque parece ser que alguien tocó la alarma del ascensor y se volvió a quedar… ¿encerrado? Quizá, tal vez, no lo sé, puede ser, etc.

Será que el hospital ya no es sólo el muro físico. Será que el hospital es difuso, y que el encierro juega a encerrarnos ahí donde el encierro dice no tener lugar para habitar, pero tiene espacio.

Luciana Cantisani

miércoles, 6 de abril de 2011

"Tener o no ser"

Sabemos entender al futuro, sabemos curar enfermedades terminales, sabemos odiar, sabemos evitar o ganar una guerra, sabemos una energía nuclear, sabemos distinguir entre amor y soledad, sabemos a los más y mejores intelectuales, sabemos llegar a la luna, sabemos los tiempos de las siembras y las cosechas, sabemos como no morir prontamente, sabemos al hijo como lo más preciado, sabemos disfrutar del arte en todas sus formas, sabemos cuando es chamullo; sabemos al fuego, al barco y la rueda como invento de inventos, sabemos manipular el planeta. Sabemos a la religión como el comodín de nuestra negligencia, el único numero de la rifa que no compramos.

Pero hay algo que por simple que parezca no sabemos: “ser”. Nadie nos enseño a ser o quizá si, pero igualmente preferimos adoptar un término surgido en la década del 90, que al fin daría “justificación intelectual” a tanto narcisismo por venir, al fin un sinónimo para la palabra injusticia, me refiero a globalización. En el diccionario de la real academia de la globalización, ser significa tener. Y quien no tiene nada (material, por supuesto), pues entonces es nada, es nadie.

Un pibito de unos 6 años, solitario en el subte, pidiendo una moneda y un saludo con la mano, para la globalización que me enseñan, es nadie. Entonces no sólo se le niega la moneda sino (y lo que es reverendamente inhumano) que se le niega la mano, el saludo.

Desde niño se cría recibiendo nuestra hostilidad. Una de las tantas herencias que le vamos a dejar, junto con un planeta devastado, una sociedad cada día más egoísta y un sistema cada vez más depredador.

Lo vemos y entonces vemos la sección policial de los diarios, vemos conurbano, policías en acción, un Guillermo Andino desahuciado por temor a que un día le llegue su día. Porque socialmente, no conocemos más nada que no sea lo que vemos por “latele”. Porque nos cruzamos constantemente con la realidad, pero igualmente preferimos verla, deformada por tele.

Nos cuesta ver en él, un hermano, un hijo, un sobrino. A una persona. Le negamos las migajas, porque lo queremos todo, porque nos importa una mierda todo lo exógeno a nosotros. Porque estamos apresurados en ser lo que la Globalización exige que seamos: Profesionales desalmados. De saco y corbata que no comprenden que su miseria más grande es la carencia espiritual, la falta de cultura.

Dicen los de traje:

_ Si le das una moneda, se la da al padre y este se lo chupa.

_ A veces le doy, pasa que si le das, el gobierno no hace nada, y además ellos se mal acostumbran.

Cómo si al darle una moneda pretendemos que todos sus problemas queden absolutamente resueltos: seguramente se compren una casa, se anoten en la escuela, los proteja Swiss medical, su padre consiga trabajo en Techint y todo gracias a nuestra moneda.

Juzgamos que darles dinero para que se tomen un vino está mal. Cuando en realidad es todo lo que pueden hacer con la moneda que le damos, y con lo que tienen a su alcance, sus circunstancias. ¿En serio pretendemos que lo ahorren o se compren un libro de informática? Porque si es así somos más estúpidos que las vacas. Si así son felices, entonces por qué nos molesta esa pequeña felicidad. O salvo, que realmente estemos preocupados por su salud y queramos que se abstengan del alcohol, del poxi. Algo que me suena a hipocresía.

Pero hay algo seguro, mientras se da este debate moral comandado por el bolsillo. Mientras decidimos si le regalamos felicidad momentánea o cuidamos de su salud, les negamos el saludo.

Un apretón de mano fuerte con una mirada a sus ojos, una sonrisa, ahí lo vas a ver y él te va a ver. Vale más que la moneda que le podamos llegar a dar.

Me parece que es lo mínimo que podemos hacer por un mocito que tendría que estar jugando, o en la escuela. Pero que injustamente está ahí viendo al rubio mundo que lo rodea.

¿Cuánto más le faltará, para que se le termine la gracia que la edad le condona?, ¿cuánto más para tener que crecer y comenzar labores de adultos?, ¿Cuánto para que su espera incansable se haga resentimiento inevitable?, ¿cuánto para su primer entrada a la comisaría? ¿Cuánto para que los policías le “expliquen” quien manda?

No se cómo describirlo, pero no es precisamente lástima lo que siento cuando los veo, siento vergüenza de mi, de mi comunidad, de mis iguales que los ignoran tanto o más que el gobierno, como si no tuviésemos nada que ver en sus naufragios.

Evadimos la mayor cantidad de impuestos posibles, fomentamos a los jóvenes cerebros para que se dediquen a las finanzas; y aunque parezca gracioso o desatinado, definitivamente, permitimos que Ricky Fort esté en la tele que ellos ven. Nietos de abuelos sin trabajo, hijos de padres sin trabajo. Que le hicimos creer que si al campo le va bien, a ellos les va a ir bien. Que si la bolsa cierra en alza, a ellos les va a ir bien. Que el fútbol es su única salvación. Que tengan esperanza, obediente esperanza, porque Díos quiere más a los que menos tienen. El mismo Dios que le imponemos para que nunca lean al Che, a Marx, a Galeano. Para que en navidad reciban la caridad que las madres del Champañat School les dan y, por supuesto, se lo agradezcan. Para que no se les ocurra soñar, porque para soñar hay que saber eso que se llama futuro y que, como dijo alguien por ahí: “el futuro es un lujo que solamente aquellos que comen todos los días se pueden dar”.

En resumen: para aceptar con resignación que Macri les muestre su inmaculada dentadura al hablar.

Todo esto es algo que no sabemos y que mucho hacemos, conciente o inconcientemente, para fomentarlo.

Entiendo que ejercer la conciencia en un mundo donde la ética se ha desprendido de toda práctica profesional, donde las mejores mentes de las matemáticas migran hacia las finanzas; donde los hinchas de fútbol han hecho de su euforia una industria; donde el banco del Vaticano ha tenido las más y mejores extraordinarias ganancias que cualquier otro banco pueda tener. Donde las cárceles ahora también cotizan en bolsa. Donde la filosofía es vista como pensadora, pero no hacedora. Donde la palabra crisis ya no significa oportunidad o cambio, sino más de lo mismo. Es de esperar entonces, que también dejemos de “ser”.

Muchas veces pienso que me gustaría ser menos politizado, escribir sin tanto entusiasmo, discutir sin tanto ardor, hacerme un poco el distraído ante tanta injusticia, volver a esos años de feliz ignorancia; pero luego pienso que de ser así seríamos personas muy distintas de la que “hemos” elegido ser.


Facundo Riera.

lunes, 14 de febrero de 2011

"Volver al Pasado"

Como una de las tantas veces que la imaginación se nos dispara, catapultada por algún pensamiento, sueño o recuerdo, mi imaginación se vio una vez más amenazada, tomo vida propia y se fue. Sólo quedo mi cuerpo vacío como esperando desinflarse sosteniendo un libro que ya no podía continuar siendo leído. El motivo de dicha fuga fue un nombre: Alejandro Riera. En “La Patagonia Rebelde” de Osvaldo Bayer, libro muy popular, se cuenta la historia de los fusilamientos de unos 1.500 trabajadores patagones (peones y obreros), que iniciaron una saga de huelgas a sus patrones por mejoras salariales, reducción de las interminables jornadas y mejores condiciones. Esto se inicio en las postrimerías de los años 20 en la provincia de Santa Cruz y zonas aledañas y terminó con la matanza final, en el año 1922, llevada a cabo por el entonces Teniente Coronel Benigno Varela. Y digo que puede ser conocida porque además del libro, este pedazo de escritor es también guionista y en los años 70 fue llevado al cine. Film protagonizado por Federico Luppi, Pepe Soriano y Héctor Alterio entre otros. Y que obviamente recibió el mejor elogio que un escritor que cuenta verdades en épocas de mentira puede recibir, la censura.

Entonces este tal Alejandro Riera, fue nombrado junto a otras nueve personas (todos gallegos) que llevaban a cabo una reunión para ultimar detalles acerca de las huelgas, esto ocurría en la asociación obrera de Río Gallegos, Capital provincial. Cuando entró la policía a punta de armas y se los llevo a toditos acusándolos de anarcosindicalistas.

No pude proseguir mi lectura. Inmediatamente comencé a pensar en mi tío abuelo, ese que no conocí y que me hubiese gustado hacerlo. De pronto recordé que en otros de mis anteriores viajes intergalácticos de realidad no ordinaria tuve la suerte de entablar una linda relación con Christopher Lloyd (el excéntrico científico de “volver al futuro”) entonces me le fui a verlo para convencerle de que me prestara la máquina o auto del tiempo, más conocido como Delorean, y luego de una extensa charla en la que me contó lo mal que lo había tratado el paso del tiempo a él y a su máquina ya deteriorada ( lo que me hizo pensar la ironía de la vida) pues entonces me lo prestó, pero con dos condiciones: 1ra. Lo tenía que devolver el lunes a más tardar, ya que el martes tenía turno para el taller, le iban hacer cambio de aceite y filtro; y la otra condición que para mí, más que condición fue un honor, llevarlo conmigo al gran Michael Fox. Además este era el único capaz de trasladarme a los años 20.

La cuestión es que, luego de ponernos al día con Michael, luego de haberle confesado que sus películas recién me gustaron de grande. Confesión que creo una atmósfera de sinceridad sin estribos y él, llorando y temblando producto de su mal llevado parkinson me confesó lo mal que le hizo la fama. Como suele sucederles a personas que aún son muy jóvenes como para saber sobrellevarla.

Tratando de levantarle el ánimo – repuse: _ ¡Por eso yo me voy a ser famoso una vez muerto! Al fin pudiéndole robar una sonrisa a ese que tantas me quito.

Nos pusimos en marcha, marco en la computadora de abordo el año, el día y la hora a la que viajábamos y partimos con el Delorean cagando fuego.

Mientras viajábamos plácidamente en el espacio y el tiempo, tomando unos mates aproveche el momento para hacerle una pregunta a Michael que no podía evitar.

__ ¿Teniendo una enfermedad terminal y una maquina del tiempo a la vez, como es que no te has hecho un viajecito al futuro más cercano en el que el Parkinson sea curado con la sola ingesta de una pastilla o una inyección como si de un dolor de cabeza o resfrío se tratase? A lo que me respondió: _ Dios así lo quiso, es el precio que tengo que pagar por mi fama, por esas noches de grandes excesos.

¡Guau! –pensé- este tipo la debe haber vivido en grande. Y su tono sonó tan seco como seguro en sus palabras, por lo que decidí no insistir. Aparte es muy común que quienes alguna vez supieron gozar de una fama repentina, luego, una vez evaporada ésta, se vuelquen a estupefacientes como: drogas, alcohol o religión.

Finalmente llegamos y de forma estrepitosa como sólo el Delorean lo puede hacer. Dos señoras sentadas mateando bajo la galería de la única casa de la zona, al ver estrafalaria aparición se comentaron una a la otra _ ¡Ha visto Albertina, cose mandinga! Indudablemente estábamos en Argentina en los años 20. Nos acercamos a la casa y comienzo a escuchar una voz familiar, me concentro y logro oír una voz muy parecida a la de Mirtha Legrand en la radio y que justamente estaba refiriéndose al conflicto de la Patagonia:

_ ¡No puede ser, estos anarquistas que no quieren trabajar, en la Argentina nadie quiere trabajar che. Así, no!

No puede ser, (me digo) no me dan los números, les pregunto a las señoras si es Mirtha, y me responden _ Claro, La Chiqui, como sorprendidas de mi ignorancia.

Les pido si tienen el periódico del día, cuando me lo dan veo que estamos en los años 20, pero me percato de que no estamos en Santa Cruz, no sólo porque el diario dice Bs.As. (motivo más que suficiente) sino que además cuando lo comienzo a ojear, dentro, debajo de página, muy pequeño veo una inadvertida nota concerniente a la huelga ocupando un diminuto espacio formado por un rectángulo perfecto de 4 x 8cm. como no se puede esperar otra cosa de un diario porteño y unitario, cual lejano sur tiene más que ver con Chile que con Argentina. Mientras que la nota de tapa reza acerca de la Ley Seca en EE.UU.

Salimos con Michael despavoridos para Santa Cruz, en el viaje le voy contando detalles.

Una vez que llegamos a Río Gallego, preguntamos por la comisaría hasta que atinamos con ella. Me bajo solo, porque Miky me dice que es asunto de familia y él no tiene nada que hacer, mientras tanto se queda revisando el Delorean que recalentó un poquito.

Ingreso a la comisaría y pregunto por mi tío abuelo. Un hombre robusto y marmolado en sus rasgos gallegos y tehuelches indaga sobre quien es mi tío abuelo, a lo que respondo _ Alejandro Riera, con una voz cargada de orgullo advirtiendo luego que este defecto o virtud no es bien visto por esos lares. Desinflo el pecho y pregunto si podría verlo, esta vez cargado de amabilidad que por ser poco vista, es también muy efectiva.

Luego de esperar una hora aproximadamente, en la que me deleito con una parodia del himno argentino proveniente de las celdas de unos anarquistas (quizá para provocar a los guardias) que cantaban: -¡Y los niños del mundo responden, dame pan, dame pan, dame pan!- Lo que provoco en mí una verdadera risotada.

Finalmente viene mi robusto amigo policía y me dice que puedo pasar, pero un ratito nomás, ya que esta por caer un preso muy peligroso y no puede haber nadie exógeno al recinto.

Me lleva hacia la celda de mi tío y ahí lo veo, tiene un aspecto cansino y descuidado, parece tener unos 35 años aproximadamente, me ve y me pregunta quién soy. Me presento como Facundo solamente. No quise darle mi nombre completo ni de donde vengo ya que es largo de explicar y tenia muy poco tiempo para poder interpretar esos jugosos años de la historia, que nuestros maestros han decidido silenciar. Quise en cambio escuchar lo que esa persona tenía para contar, su historia.

Empecé por preguntarle su edad, lo que me sorprendió cuando me contó que tenía 26 años.

_ ¿Sos periodista?

_ No, interprete de la historia- respondí

_ ¿Que es eso?

_ Algo así como alguien que quiere saber la verdad, pero por sus propios protagonistas.

Luego sin más preámbulos ni eufemismos opte por ir al grano.

_ ¿Es verdad lo que dicen, que sos anarquista?

_ Sabes lo que pasa Facundo, que cuando alguien nunca vio llover, una garúa es chaparrón.

Pienso en sus palabras y aunque las entendí claramente, prolongo un silencio tratando así de que se explaye, y lo logro:

_Cuando se pide a los patrones más de dos comidas por día, –continua- un día de descanso, que las jornadas tengan fin, aumento de salarios, que las habitaciones de 4 x 4 en la que dormimos amontonados a veces de hasta 7 tengan ventilación, mientras los animales tienen mejor suerte en los establos. Cuando pedimos baños con agua caliente, necesitamos dormir en colchones con frazadas, ni siquiera pedimos camas, pedimos velas, también pedimos tener otra muda de ropa o dinero para obtenerlas por nuestra propia cuenta, no trabajar los días que nos encontramos enfermos, una revisación medica no estaría de más, muchos mueren de pulmonía por no permitirles sus patrones ser tratados como corresponde. Cuando estas inquietudes son llevadas a los patrones, es de esperar que nos traten de anarquistas o como mierda sea. En definitiva, lo que exigimos es ser tratados como personas ¿tan difícil de entender es eso? -Sigue- Te voy a decir algo: Siempre que el débil luche por sus derechos y esa lucha atente contra la perpetuidad del fuerte, que precisamente son quienes violan esos derechos, cuando amenacemos sus plácidas y lujosas vidas, pues entonces estos últimos van a utilizar todas sus influencias, dinero y poder para desdibujar las cosas llamándonos anarquistas, comunistas, ladrones, haraganes, etcétera.

Mientras me dice estas palabras no puedo dejar de pensar en el caso de Medio Oriente y EE.UU., en el que este último tilda al anterior de terrorista para ser avalado por todo el ignorante mundo mientras roba cuantos recursos naturales tengan estos. Pienso en las palabras del escritor uruguayo Eduardo Galeano, dando la receta para obtener un terrorista: “Invade un país cualquiera, toma un padre de una familia cualquiera, prívalo de transitar libremente, bombardea la fabrica en la que trabaja, bombardea la escuela de sus hijos, matando a uno y dejando a otro herido para que este lo lleve de urgencia al hospital, el que nunca lo atenderá ya que también será destruido, entra a su casa mata a su señora luego de violarla, despójalo de cuanta riqueza y dignidad tenga y ahí tendrás un terrorista”. (Sepan disculparme mis estimados lectores, es una licencia literaria que no puedo evitar)

Volviendo con Alejandro, este prosigue con sus sobrados argumentos de lo injusto de este proceder- me dice que- Mientras el señor feudal no logre concebir que el fruto más preciado de la tierra es el hombre y no el fruto en sí, vamos a seguir siendo tratados peor que a los animales. Exigimos que nos reconozcan como sindicato._ ¿Sabes por qué queremos una reducción de la jornada laboral?- me pregunta.

_ No

_ Para estudiar, para terminar la escuela, para aprender a leer y escribir, para no sentirnos inferiores a nadie, para ser tratados como iguales, para defendernos de quienes quieren liquidarnos por el solo hecho de que existimos en grandes cantidades.

Me es inevitable pensar en la natural sabiduría de esta persona y cuan lejos llegaría, teniendo la posibilidad de estudiar, pero así de mal están las cosas. Estos obreros rurales que a sabiendas o no, están refutando a Marx, ya que no hacen falta industrias para que el obrero tome conciencia de clase.

Cuando estamos en lo mejor de la charla, llega el guardia para decirme que me tengo que ir y a empujones me lleva. Levanto la voz para despedirme de mi pariente, le prometo que lo voy a contar a quienes quieran escuchar. En ese momento veo en el largo pasillo como entran a un reo con más custodia que la reserva federal, cuando se acerca observo que es apenas un adolescente de escasa estatura y unas orejas muy llamativas, advierto que se trata del famoso “petiso orejudo”, el asesino de niños con un prontuario que conmociono a la sociedad argentina en esos años; y debo reconocer que cuando paso frente a mí, me invadió una ola de temor que nunca antes había experimentado. Logre escuchar que lo estaban trasladando al polar penal de Ushuaia ya que de todos los anteriores lo habían expulsado por su bélica conducta y como un temporal azoraba las inmediaciones se decidió que el presidiario pasase la noche en aquella comisaría.

Finalmente pude continuar a pesar de mi estupor. En la salida ya, me encuentro con un numeroso grupo de personas reclamando por la libertad de los trabajadores. Y como dentro de la comisaría pude oír que en unos instantes cuándo llegue la orden, comenzarían a reprimir, trate de advertirles a los que más pude antes de irme, ya que no me podía quedar ahí, debido a que el riesgo era mayor y yo le había prometido a mi tío denunciar lo que ellos no. Entonces recordé a Chaplin (ese inocente comunista) cuando cruzando una calle, en medio, ve una bandera extendida en el suelo, la levanta tomándola del cabo, en busca de su dueño, e inmediatamente dobla en la esquina una manifestación comunista, los de la primera fila lo toman de los brazos a la pasada haciéndolo encabezar la misma, éste, impotente, sacude los brazos y de esa manera a la bandera que a pesar de las imágenes daltónicas de la época se puede apreciar claramente que es roja, y que para su mala suerte al instante llega la policía y como siempre, tiene que salir corriendo.

Pues entonces decido irme, no soy Chaplin (aunque me gustaría), aparte Michael me esta esperando. Me subo al Delorean y salimos. Michael había ido a pedir agua caliente para los mates de la vuelta, yo le sebo mientras él maneja, me pregunta como me fue, a lo que contesto: mejor de lo que pensé. Realmente valió la pena.

Esto es un humilde homenaje a los 1500 trabajadores que no pudieron contar la historia, entre ellos mi tío abuelo. Fueron cobardemente fusilados por orden y gracia del Coronel Benigno Varela que primero les hacia cavar sus propias fosas antes de matarlos, aunque varios fueron sepultados estando aún vivos.

Estas series de faenas y asesinatos a mansalva, comenzó a fines de 1920 y finalizo en enero de 1922.

En la noche buena de 1922 la Sociedad Rural y la flor y nata de la afortunada sociedad levanta las copas por el teniente Varela como el héroe de La Patagonia. Muerto el perro, se acabo la rabia.

El 27 de enero de 1923 un ferviente anarquista alemán recientemente nacionalizado, Kurt Gustav Wilckens, espera al Coronel Varela en la puerta de su casa de Bs.As. en Palermo, cuando el Coronel sale, Wilckens lo increpa arrojándole una bomba casera que los deja mal heridos a ambos ya que cae en medio de los dos, el Coronel Varela no logra desenfundar el arma a tiempo, pues entonces el anarquista vacía el cargador de su Colt, dos tiros son suficiente para acabar con la vida de Varela, logrando finalmente la anhelada justicia para sus paisanos ideológicos. Como producto de las esquirlas, queda Wilckens con las piernas destrozadas impidiéndole el escape, finalmente es capturado. Al tiempo dentro del penal, se encontrará su cuerpo sin vida. Hoy es un Mártir. Quienes lo conocían, aseguran que murió gritando: ¡Que viva el trabajador, que viva la anarquía!


Espero que no los haya aburrido con mi tardía denuncia. Sépanme disculpar, es que se lo prometí a mi tío abuelo.

Hoy me voy a dar el atrevido lujo de firmar con un seudónimo literario: Alejandro Riera.


(Esto es algo que escribí hace un par de años y que nunca imaginé que su divulgación iba a ser producto de casos similares al de este relato, con la abrupta diferencia de unos 90 años después. Pero como en muchos de los campos argentinos sigue vigente la ley que hizo al granero del mundo, es para mí menester la publicación de esta mezcla de fantasía y realidad que espero sirva para entender cuan diferentes somos de aquellos que repiten hasta el hartazgo que: “el campo somos todos”)